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Charla de Monseñor Jorge Casaretto a los jóvenes

Charla de Monseñor Jorge Casaretto
Obispo de la Diócesis de San Isidro, Buenos Aires
Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social (hasta noviembre 2011)
25 de Septiembre de 2011, Edificio Cassará

Encuentro: Hacia un Liderazgo en Justicia y Solidaridad
“Juntos para promover el desarrollo integral y erradicar la pobreza”

Estoy muy contento de estar con ustedes. La verdad es que cuando surgió la idea
del Congreso de Doctrina Social de la Iglesia, en Justicia y Paz surgió esta inquietud de
tener un Espacio Joven, y tenemos que reconocerlo: muchos no veíamos bien cómo iba
a ser ese espacio, teníamos un poco de inquietud.
De todo lo que iba a ser el Congreso, lo que estaba más oscuro en su realización y
en cómo iba a quedar era justamente este Espacio Joven. Todos teníamos un poquito de
ansiedad y esperanzas, por otro lado. La verdad es que las esperanzas fueron sumamente
colmadas, los objetivos fueron superados, y esto gracias a un trabajo y una participación
de todos ustedes. A mí me pareció muy bien cuando en Justicia y Paz apareció la
inquietud de continuar ese espacio, de darle una cierta continuidad, que es una
continuidad que tenemos que ir forjando entre todos.
Cuando los oía recién a ustedes me daba cuenta de que de alguna manera ustedes
están en alguna base, en algún movimiento, en alguna diócesis: tienen una dimensión
básica que está de alguna manera respondida. Pero me parece que lo que ustedes
podrían, además de eso, es ser animadores sociales del espacio en el que están.
Comúnmente en los espacios de Iglesia hay dos preocupaciones: una es la integración y
la comunión eclesial, fortalecer la Iglesia; y yo siempre he dicho que si no hay espacios
jóvenes en la Iglesia, la Iglesia carece de algo fundamental. Y hay otra preocupación,
otro espacio, que es el mundo. La Iglesia no la creó Jesucristo para sí misma; la creó
para evangelizar, para animar las realidades temporales del mundo. Y ése es el otro
espacio.
A veces, me parece a mí, que en los contextos eclesiales se trabaja mucho esa
primera dimensión de la interacción eclesial, pero no se trabaja tanto esta otra
preocupación y compromiso con el mundo. Entonces ustedes, lo primero que tienen que
hacer es ser conscientes y ser muy agradecidos a Dios; ustedes han sido llamados
personalmente por Dios para tener esta interacción eclesial pero también para tener esa
visión de este espacio que es el mundo y que tiene que ser comprometidamente
respondido con los valores evangélicos.
Y acá entonces empiezo por recordarles que la Iglesia tiene 2000 años de
existencia sobre la tierra. Por supuesto que en esta historia de la Iglesia ha habido luces
y sombras. Quizás en este contexto cultural en que vivimos, los medios de
comunicación y la cultura misma, insisten mucho en las sombras, pero son muchísimas
más las luces que la Iglesia ha puesto en el mundo en estos 2000 años, que las sombras.
Tuve la gracia de Dios de estar en Madrid cuando se realizó la Jornada Mundial
de la Juventud, y veía con toda sinceridad algo: el Papa no era Juan Pablo II, y con Juan
Pablo II se podría pensar que él tenía una personalidad tan atractiva que él por su misma
personalidad llamaba a los jóvenes. Este Papa no tiene ese carisma y no tiene ese poder
de comunicación que tenia Juan Pablo, y sin embargo se convocaron un millón y medio
de personas, y Madrid realmente estaba como tomada por la juventud. Y no era por el
carisma del Papa, sino que era justamente por la Iglesia. Y esta es una Iglesia que está
en todas partes; a mí me encantó ver esa dimensión universal: los africanos, los
asiáticos, los americanos, los europeos, todos; esa dimensión tan universal en un mismo
contexto. Yo pensaba: todos esos jóvenes están al servicio de la paz, la solidaridad;
ninguno está propiciando la violencia, el odio, la mentira, la calumnia; sino que estaban
como queriendo comunicarse unos y otros, y queriendo dejar que Jesucristo les
comunicara este contexto en el corazón de lo que él viene a traer. Jesús constantemente
se los da diciendo “la Paz esté con ustedes”, “Yo vengo a traer una Paz que es distinta”,
“ustedes no pueden forjar esta Paz si no tienen mi ayuda”. Por eso entonces les digo: a
mí me llamó muchísimo la atención y fue un motivo de reflexión muy grande esta
Jornada Mundial de la Juventud en la que vi todos esos jóvenes al servicio de la paz.
Y ahora llego acá y me encuentro con ustedes y los veo a todos al servicio de la
paz, con ganas de poner algo distinto al servicio de la sociedad argentina. ¿Con qué
contamos para esto distinto? Es interesante, porque evidentemente como cristianos
siempre volvemos a nuestra base que es Jesús, pero a lo largo de estos 2000 años los
cristianos nos fuimos encontrando con diversas culturas, y en el intercambio y diálogo
con esas culturas es que se ha ido forjando esto que llamamos “el pensamiento social de
la Iglesia”, que es de una gran riqueza.

PRINCIPIO SOBRE EL CUAL SE SUSTENTA EL PENSAMIENTO SOCIAL DE LA IGLESIA
La primera vez que estuve hablando delante de ustedes en Luján les dije: ¿cómo
se empieza a forjar ese pensamiento? Empieza con la Creación. Si partimos de la base
de creer en un Dios que lo hizo todo, ya tenemos un principio para nuestra vida que nos
llama a vivir de un modo particular.
Fíjense. En el mundo hay como dos alternativas: o pensamos que Dios creó todo,
o la otra es que todo ocurre por el azar, por casualidad. Entonces yo digo: el principio de
orientación básica nace en la Creación; si nosotros no pensamos que Dios creó todo,
entonces le vamos a dar a la persona humana un poder de tal manera que la persona
humana se encuentra siempre ante la posibilidad de ser él el creador de las cosas. Y,
generalmente, cuando el hombre tiene una autonomía y una independencia tan grandes
respecto a Dios, todo eso termina en un acto de soberbia muy fuerte. Cuando el hombre
se cree que es una especie de Dios él, termina en una gran soberbia, en un gran
aislamiento. En cambio, si partimos de la base de que Dios creó los cielos y la tierra, y
que lo hizo por un acto de amor, entonces el camino del hombre es un camino de unión
y de alianza con Dios. Entonces si uno se está aliando a esa fuente del amor que es
Dios, de ese amor participa y ése es el amor que va a volcar en el mundo. Fíjense que
esto lo entendió muy bien el pueblo judío: a lo largo de todo el Antiguo Testamento el
pueblo judío fue haciendo alianzas con Dios, y cuando el pueblo judío se apartaba de
esas alianzas no tenía alternativa, se volcaba a creer en dioses falsos. El gran pecado del
pueblo judío al apartarse de Dios era justamente la idolatría. Y en definitiva, o uno cree
en un Dios, o cree en muchos dioses, cree en un Dios, o nada más que en uno mismo: la
alternativa es esa. Entonces si uno lo aísla a Dios de la fuente de la vida de uno, uno cae
o en falsos dioses o en la soberbia, en el endiosamiento de uno mismo. Y este pecado es
el que se repite a lo largo de la historia.
Fíjense en el contexto cultural en el que vivimos hoy: yo les decía que había
muchas corrientes culturales que estaban censurando la vida de la Iglesia, o que reparan
nada más en los errores que se pudieron haber cometido a lo largo de la historia –hay
que aceptar esa sombra-, y entonces cuando se hace mucho hincapié en eso uno dice:
“no, ¿cómo voy a creer yo en una Iglesia que cometió tales o cuales errores?” Ahora
justamente cuando estábamos en España, había algunas corrientes que se enfrentaban a
toda esa recepción positiva del Papa, y las corrientes en definitiva desprestigiaban a la
Iglesia y terminaban no en los falsos dioses, sino en el erigir a la persona como el dueño
absoluto de su propia vida. Después vamos a ver esto que tiene mucha importancia.
Entonces la alternativa es esta: yo parto de un Dios Creador, que creó los cielos y la
tierra, todo con amor –el pueblo judío se entronca en toda esta visión de la Creación,
haciendo alianzas con Él constantemente, apareciendo como el pueblo al que Dios ama,
y como el pueblo que tiene que testimoniarlo a lo largo del tiempo. Pero cuando llegan
los últimos tiempos, y estamos llegando a los últimos tiempos, Dios envía a su Hijo que
es Jesucristo, y aparecerá la revelación definitiva de Dios, Jesús aparece como el Hijo
de Dios y se revela como Dios, predica la Palabra de Dios, y en los Evangelios y en
todos los gestos de Jesús aparece entonces la definición definitiva –valga la
redundancia- de Dios: “yo soy el Dios que viene a implantar el amor sobre la tierra”.
Esta implantación le costó la cruz a Jesús, pero justamente en su resurrección manifiesta
que es Dios.
Y empieza entonces esta vida en estos 2000 años, en los que las grandes luces de
lo que fue la Iglesia las ponen los santos, y esto es interesante: hay santos en Asia, en
África, en América, en Europa… ¡hay santos por todas partes!, y son esos hombres y
mujeres clarividentes que vieron el Evangelio y tuvieron que aplicarlo frente a las
culturas, y a muchos de esos santos les costó la vida y fueron mártires. El martirio no es
la condición normal del cristiano: la condición normal del cristiano es vivir una vida
cristiana, y si toca el martirio toca el martirio. Pero lo importante es que hubo muchas
personas que no están en el calendario de santos, pero que fueron personas que
interpretaron el Evangelio en su vida y respondieron a los tiempos que tenían que vivir.
Entonces a lo largo de estos 2000 años, en la vida cristiana, en el intercambio con
las culturas, en el diálogo con las culturas, es que se va como clarificando su
pensamiento social. En la Santa Sede han tenido la buena idea de elaborar ese
pensamiento que está en este Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia que les
distribuyeron en Rosario, y este no es un libro fácil de leer; no se puede leer así nomás;
más bien es un libro de consulta. Pero acá están los temas fundamentales del
intercambio social de la Iglesia con la cultura. Y por eso entonces nosotros nos
encontramos con todo este bagaje que es importantísimo. Si nosotros no nos basáramos
en Dios nos basaríamos en nosotros mismos, y es lo que les pasa a muchos dirigentes
que no tienen fundamento doctrinal en su marcha de acción (me parece que se ha ido
dando un vaciamiento de los partidos políticos muy grandes, y ahora están basados nada
más que en personalismos, pero no hay como una bajada doctrinal, y yo creo que una
gran tarea de ustedes va a ser a través del compromiso que tengan –social, político,
empresarial, social- volcar estos principios, ir como elaborando cuál es la aplicación de
estos principios a los desafíos que la vida social nos va presentando. Hoy por eso quería
hacerles esta introducción. Ustedes están llamados a volcar estos principios en la vida
concreta que les toca vivir: en la universidad, en el trabajo, el que está afiliado a un
partido político en el mismo partido, el que está en una ONG en esa organización, el que
está en un sindicato, el que está en una cámara empresarial… La pregunta es: ¿cómo
volcamos esto? Ustedes tienen una vocación que es un don de Dios y del cual tienen
que estar agradecidos. Es de esta vocación de la que yo voy a hablar principalmente en
esta mañana.

VOCACIÓN COMO COMPROMISO DE VIDA
Voy a partir de una frase de Jesús que me parece muy clara: “Allí donde esté tu
tesoro, estará tu corazón”. Y entonces la pregunta que nos hacemos justamente es:
“¿Dónde está nuestro tesoro?” Jesús nos enseña unas palabras muy lindas: Un señor se
encuentra con un tesoro, va, vende todo lo que tiene y compra ese campo; y eso no es un
invento de Jesús, sino que era una realidad. En aquella época, en la tierra en la que Jesús
estaba había siempre invasiones; entonces la gente escondía sus tesoros, que eran
monedas de oro, importantes, en el campo. Y resulta que después venía la invasión, la
gente moría o se la llevaban prisionera, y el tesoro quedaba escondido en el campo.
Entonces Jesús cuando pone ese ejemplo no pone un ejemplo al azar; pasaban esas
cosas. Por ahí un tipo se encontraba un tesoro en un campo, y entonces pensaba vender
todo para comprar ese campo en donde estaba el tesoro. Es muy explícita esta parábola
de Jesús. Cuando descubrimos nuestro tesoro, sacrifiquemos todo para vivir en
conformidad con este tesoro. El gran tesoro nuestro es Jesucristo. Pero ¿dónde se va
aplicando Jesucristo?
Para mí el tesoro fue el sacerdocio: yo dejé todo cuando descubrí que Jesús quería
que yo fuera sacerdote. Entonces la vocación de ustedes es algo que implica que todas
las energías tienen que estar puestas en eso. Hay dos vocaciones fundamentales, que son
a la vida consagrada (o sacerdocio), o al matrimonio. Pero además hay otras
dimensiones vocacionales que justamente son aquellas que nos van como implicando
una consagración en nuestra vida. Porque de lo contrario si a esas vocaciones se las vive
nomás como profesión, uno se equivoca: la vocación a la política, la vocación al
sindicalismo, la vocación a una organización no gubernamental… son vocaciones que
implican un compromiso de vida, que por supuesto son compatibles con la gran
vocación al matrimonio. Yo tengo una vocación social, que no la voy a expresar
políticamente porque soy sacerdote, pero tengo una vocación social, y eso no es para mí
–por decirlo así- como una cosa más. Si estoy esta mañana aquí no es cumpliendo un
oficio o realizando una tarea; estoy aquí porque me siento realmente llamado a animar
la vida de los jóvenes, y dejo otras cosas por esto, porque creo que esto tiene una
prioridad en mi vida, como todo lo social. Después habrá otro obispo que tenga otra
vocación en otra línea, y tenga que sacrificar mucho por eso: el que tiene vocación por
la liturgia, o por los medios de comunicación; dará muchas cosas por esto. Pero yo lo
que quiero distinguir es la dimensión vocacional de la mera “ocupación” en la vida.
Y ustedes tienen acá una dimensión vocacional a lo social, que después
expresarán como crean que les corresponde, y no es una ocupación más en la vida, sino
que es algo vocacional, es como un llamado del Señor: Dios los ha llamado, Dios les ha
hecho ver, por ejemplo, el tema de la pobreza; ustedes lo ven.
Yo me encuentro con muchos jóvenes que ni se enteran de que hay pobreza en la
Argentina. Ustedes lo han visto, ustedes han tenido esta luz de Dios que les ha
mostrado: hay pobres en la Argentina. Y si hay pobres en la Argentina uno no puede
vivir de cualquier manera. La dimensión vocacional acepta la vida. Porque ustedes
saben que hay pobres en la Argentina ustedes no pueden vivir en un hotel 5 estrellas, y
cuando se van de vacaciones irse a hacer un crucero por las islas Orcadas, vivir ahí
panza arriba… no pueden. Porque uno piensa: hay gente pobre en la Argentina y yo no
puedo vivir de cualquier manera si hay gente pobre en la Argentina. Por supuesto que
todos tenemos que tomarnos un descanso, pero en el descanso mismo que tomamos
vamos a estar marcados por una cierta austeridad, porque la vocación social que
tenemos implica vivir de un modo distinto.
Esto es lo que yo quiero que ustedes entiendan esta mañana, pero que lo entiendan
desde una gran gratitud: ¡qué gracia de Dios haber descubierto que en la vida estoy
llamado a una dimensión social que otros no ven! Y entonces: qué bueno que estos años
jóvenes yo tenga que vivirlos como una etapa de discernimiento para descubrir con más
claridad qué es lo que me pide en este campo. Esta distinción me parece fundamental: la
vocación social es como tal vocación, no es una cosa más en la vida, no es una
ocupación más.

HIJO – HERMANO – SEÑOR
Fíjense que en la Doctrina Social de la Iglesia hay unos grandes principios que
son muy iluminadores, y dicen: si Dios es el creador de todo, yo –persona humana- he
sido creado por Dios y me voy a encontrar con tres realidades: estas realidades son las
que describen todo con lo que me voy a encontrar. ¿Con qué me puedo encontrar yo,
persona humana? Me puedo encontrar con Dios, me puedo encontrar con otros seres
humanos, me puedo encontrar con las cosas, con la naturaleza. Ahí está todo agotado: el
mundo se resume a eso, se resume a Dios, a otras personas y a las cosas. Y si yo vivo
cristianamente, o iluminado por la Doctrina Social de la Iglesia (sin ser cristiano), en mi
relación con Dios yo me tengo que sentir hijo de Dios, en mi relación con las otras
personas yo me tengo que sentir hermano, y en la relación con las cosas yo me tengo
que sentir señor. Yo les diría: esta reglita apréndansela; a mí me ha servido muchísimo.
Yo respecto de Dios soy hijo, no soy esclavo de Dios. Y un padre o una madre lo
que quieren es la realización de ese hijo. El ejemplo clarísimo en el Evangelio es la
Virgen María, que en Caná le dice a Jesús: “llegó tu hora”; Jesús le dice: “no, todavía
no llegó”; “sí, llegó tu hora”. La Virgen es la que lo lleva a Jesús a cumplir con su
misión: ¡una buena madre! Si la Virgen hubiera sido una madre posesiva habría
empezado: “no, a mi hijo todo lo que le va a tocar, uy, no, que se quede todo lo posible
al lado mío así lo estoy protegiendo de todas las cosas que tiene que enfrentar”. En
cambio la Virgen le dijo: “vos tenés que llevar adelante tu misión; dale, empezá tu
misión”. Jesús se fue preparando durante todo ese tiempo para esa misión. Un padre y
una madre verdaderos nos tratan como hijos, es decir: nos llevan a una vida de libertad
para que uno haga las elecciones que tiene que hacer; y eso es lo que hace Dios con
nosotros. A mí Dios me llevó en mi vida a que yo elija libremente; me mostró un
camino, pero me dijo: “vos sos el que decís que sí o que no”.
La acción de Dios es una maravilla. Para redimirnos le pidió a esa criaturita que
era la Virgen, que tendría 14 o 15 años en aquella época: “vos tenés que decir que sí; si
no decís que sí no hay salvación”, y ése es el punto hasta el que confía Dios en nuestra
libertad. Entonces cuando decimos somos hijos de Dios, decimos que tenemos un buen
Dios que como padre hace una alianza de amor con nosotros, se compromete a amarnos
y a volcar todo su amor de padre a lo largo de toda nuestra vida. Entonces eso es
sentirse hijo de Dios. Puede aparecer alguno que diga “no, el cristianismo me quita la
libertad”. Todo lo contrario; miren, yo me siento el tipo más libre de la Creación, y mi
libertad siempre la he visto conducida por el Amor de Dios. Y la libertad es como un
buen esposo y una buena esposa: no se esclavizan por casarse, se van a alimentar
mutuamente desde el amor para sentirse más libres.
En segundo lugar, cuando me encuentro con las otras personas, yo tengo que vivir
en relación de hermano con esa persona. Esto es quizá lo más difícil, porque muchas
veces vamos a tender a hacer hincapié nada más que en los defectos de la otra persona,
y la relación se va a hacer muy compleja. Puede ser que eso pase, pero nosotros tenemos
que tener siempre ese ideal: yo tengo que llegar a una fraternidad incluso con aquél que
no piensa como yo. Por eso me parece fundamental también para enfrentar alguna
cultura adversa a nosotros: nunca tenemos que olvidarnos de que nos estamos
enfrentando con hermanos: gente que tiene el derecho a pensar como quiera, y nosotros
tenemos también no sólo el derecho sino la obligación de defender nuestro pensamiento,
pero nunca podríamos acudir a la violencia, a la calumnia, a la mentira, al desprestigio
del otro… Esto es lo que marca un estilo cristiano: la fraternidad marca un estilo
cristiano en la relación con los demás.
Vamos a tener seguramente en los próximos tiempos el desafío católico (y de las
otras religiones, que se han expresado en los diarios de hoy a favor de la vida) del tema
de la vida, vamos a tener discusiones en este tiempo, y nosotros no podemos vivir esta
discusión como una cruzada, no podemos destruir o querer destruir a los que piensan
distinto. Nosotros tenemos que defender con valentía nuestro pensamiento, pero desde
una fraternidad, y no podemos denostar al que piensa distinto de nosotros, porque ése
no sería el estilo cristiano. Nosotros somos hermanos de todos, también de los que
piensan distinto. Jesús dio la vida por todos, por aquellos mismos que lo crucificaban.
Lo cual no quiere decir que Jesús se callara la boca: les dijo las cosas como tenía que
decirles, y lo dijo con mucha valentía, pero dio la vida incluso por los que no pensaban
como él.
En tercer lugar entonces están las cosas, y las cosas muchas veces tienden a
esclavizarnos a nosotros, porque muchas veces el tesoro lo ponemos en las cosas. Y
Jesús nos dice: “ahí donde esté tu tesoro está tu corazón”. En un contexto consumista y
materialista como en el que vivimos, justamente el tema de las cosas es un gran tema. Y
entonces la Doctrina Social de la Iglesia me dice: yo tengo que ser señor, las cosas no se
pueden enseñorear de mí. Yo tengo que ser señor de las cosas, y tener la libertad de los
hijos de Dios para no dejarme esclavizar por las cosas. Unos días antes de llegar a
Madrid, yo estaba en Europa y Europa estaba muy conmocionada por los líos que había
habido en Inglaterra.
En Inglaterra había habido grupos de jóvenes que quemaron tiendas y casas, y
cuando se investigó qué es lo que les pasaba a esos jóvenes, se llegó a la conclusión de
que no había ninguna ideología detrás de eso; porque normalmente cuando hay guerras
siempre hay una ideología detrás, de cualquier signo, pero acá no había ideologías.
¿Qué pasaba? ¿Por qué los jóvenes quemaban tiendas? La conclusión es que eran
jóvenes que querían tener lo que tenían los ricos, y como no lo podían tener porque no
les alcanzaba el dinero, asaltaron e invadieron locales: o sea, era el ideal consumista, no
había otro ideal, otra ideología, era nada más el deseo de consumir. “Si vos tenés eso,
¿por qué yo no lo voy a tener?”, y esto es muy grande. Los jóvenes tienen culpa, pero
muchas más culpa tiene la sociedad que está constantemente instando el consumo, y que
pone los medios materiales como los grandes bienes a los cuales hay que acceder. Y
nosotros en el Evangelio leemos que Jesús nos dice: “miren los lirios del campo, miren
las aves del cielo, ellos no plantan, no siembran, y sin embargo el Padre Celestial los
alimenta”, y ustedes también tienen que vivir respecto a las cosas de modo tal que sepan
que el Señor se las va a asegurar. Por supuesto que hay también que trabajar y conseguir
las cosas que nos dan la posibilidad de vivir como hijos de Dios, y eso es lo que
deseamos para todos los hermanos y para nosotros también, pero no es posible que el
único ideal sea consumir.
Nosotros tenemos como ideas justamente ser hijos de Dios, vivir una fraternidad,
vivir una paz que Jesús trae, y entonces ahí es donde nosotros ponemos los grandes
valores, y los medios son justamente medios para que nosotros podamos tener esta vida
de libertad de hijos de Dios. Bien, con este esquema, de que nosotros somos hijos de
Dios, hermanos de las personas, señores de las cosas, en este esquema entonces es en el
que entramos a la vocación social.
Yo, personalmente, y cada uno de ustedes, tienen una vocación social, que quiere
decir: yo tengo una opción preferencial por los pobres, y tengo una opción preferencial
por el bien común: esto es tener una vocación social. El bien común hoy en la Argentina
pasa fundamentalmente por el bien de los pobres, porque hay un alto porcentaje de
argentinos que están viviendo en pobreza y en exclusión, y una sociedad no puede darse
el lujo de ser feliz si no va logrando el camino de que todos tengan lo mínimo para
lograr esta condición de hijos de Dios. Por eso la vocación social es una vocación del
bien común, es una vocación de opción preferencial por los pobres, es una vocación de
desarrollo integral. Y para poder llevar adelante esta vocación hay tres dimensiones que
tienen muy mala prensa y que yo voy a tratar de volcarles en buena prensa, que son el
poder, el dinero y el gozo en la vida feliz.

PODER – DINERO – GOZO
En primer lugar, el poder. Si esta charla hoy yo se la estuviera dando a jóvenes de
un barrio, o jóvenes de un colegio, o de una facultad, que no estuvieran comprometidos
en la vida social, no podría decir estas cosas. Yo estoy con jóvenes que tienen un
compromiso, y entonces les digo: toda vocación a un compromiso es una vocación al
poder. La palabra poder tiene muy mala prensa, porque generalmente se ha buscado el
poder para dominar a otros, o para la autoexaltación. Y nosotros decimos: si no tenemos
poder, no podemos servir. Este punto es fundamental. Fíjense: yo soy obispo, y para
poder cumplir mi misión episcopal la Iglesia me da un poder espiritual, porque si yo
como obispo no tuviera autoridad, yo estaría desarmado. Ahora, si yo la autoridad
episcopal la uso para someter a la gente, o la vivo de una manera autoritaria, no la vivo
para promover la libertad, las decisiones personales, los compromisos, estaría viviendo
mal el poder. Pero una cosa es ejercer mal el poder, y otra no reconocer que el poder es
necesario. Donde estén, ustedes van a tener que tratar de tener poder. En un sindicato,
hasta que no se tiene poder, uno no puede reorientar ese sindicato; en un partido
político, si ustedes no tienen poder, no pueden concretar la vocación que tienen. Ahora
bien, la Iglesia va a decir: todo poder está en función de un servicio.
Cuando Jesús despide a los apóstoles les dice: “vayan por todo el mundo, yo les
doy el poder de perdonar los pecados, les doy el poder de anunciar el Evangelio, les doy
el poder de celebrar los sacramentos… Les da el poder de iluminar al mundo con el
Evangelio. Si no tenemos poder, nosotros no podemos servir, entonces a veces la
búsqueda del poder tiene mala prensa, y nosotros tenemos que mostrar la buena prensa
que tiene esto: no es una mala palabra el “poder”. El poder es algo necesario para servir,
y cuanto más poder se tiene más servicio hay que brindar. Por eso, por ejemplo, cuando
nosotros elegimos nuestros representantes políticos les estamos delegando un poder a
ellos, y ellos tienen que retribuir el poder que les damos sirviéndonos a nosotros. Y
sobre todo nosotros tenemos que encaminar ese poder de los dirigentes hacia el servicio
a los más pobres.
Lo primero es el poder, lo segundo es el dinero. Si nosotros no tuviéramos un
poco de plata no podríamos haber realizado este encuentro. Este encuentro implica de
parte de ustedes gastos de viaje, de estadía, de comida… Y nosotros hemos buscado los
fondos para realizar este encuentro. Ahora, si los fondos que nosotros buscamos, nos los
hubiéramos gastado en cualquier cosa que no fuera esto, habríamos usado mal el dinero.
Los medios son necesarios, y muchas fundaciones justamente juntan plata, pero para dar
esa plata en el beneficio de los fines de las organizaciones. A veces hay fundaciones que
juntan plata, pero arman una burocracia tal que alimentan la propia burocracia, lo cual
es una manera equivocada. Los medios –y el dinero es un medio- son necesarios para
poder llevar adelante los fines, y esos medios nunca tienen que enseñorearse de
nosotros.
Cuando el poder se adueña de nosotros, nosotros somos esclavos del poder.
Cuando el dinero se hace señor de nuestras vidas, somos esclavos del dinero. Las cosas
nos pueden esclavizar. Nosotros tenemos que llevar adelante toda nuestra vida con un
sentido muy pleno de libertad, tenemos la libertad de los hijos de Dios, y esa libertad
nos la ha dado Dios justamente para que tomemos las decisiones de nuestra vida, y para
que esas decisiones se lleven adelante necesitamos medios. A veces lamentablemente,
nos encontramos con organizaciones en las que se busca el poder político nada más que
para el beneficio de unos pocos, y ahí hay una gran equivocación. Pero un político
también tiene que ganar, para mantener bien a su familia y que no lo lleve a la
corrupción, al robo. Cuando no está bien orientado el tema del poder y del dinero, se cae
en la corrupción. Pero el hecho de que se caiga en la corrupción no tiene que hacernos
pensar que el poder es malo o que los medios son malos, sino que justamente son
medios: son necesarios, pero hay que orientarlos en la dimensión servicial.
Y lo tercero que quiero decirles es el deseo del gozo: esto está puesto en el
corazón nuestro: Dios quiere que gocemos en lo que llevemos adelante. Cuando Dios
tiene una vocación para nosotros, pone en el corazón un gusto por la vocación que
llevamos adelante. Es decir, nosotros no podríamos gestar nunca una vocación si esa
vocación es nada más que una fuente de dolores de cabeza, o la hacemos con disgusto, o
como una obligación. Jesús justamente censura mucho a los fariseos de su época, a los
dirigentes de su época, y les dice: “ustedes a la religión la han transformado en una
especie de esclavitud, la han llenado tanto de leyes y de normas que nunca gozan con lo
que significa ser hijos de Dios, el tener un Dios que los ama”. Es decir, esta dimensión
de gozo, en lo que nos hace, es una dimensión fundamental. Y también es un criterio de
discernimiento para ir delineando la propia vocación. No es que yo no vaya a tener
cruces en mi vida; uno tiene que aceptar que siempre va a haber cruces, va a haber
momentos difíciles, y no es que uno tenga que hacer las cosas nada más que para gozar
y para estar siempre contentos. Uno tiene que llevar adelante la misión porque Dios se
la ha encomendado, pero esa misión tiene que ser fuente de gozo en nosotros; ustedes
tienen que estar contentos estando al servicio de los pobres, tienen que estar contentos
de tener esta vocación social; tiene que ser fuente de alegría en la vida de todos ustedes.
Que después aparecerán cruces es parte de la vocación.
Yo me acuerdo cuando estaba tomando la decisión de ser sacerdote, estaba muy
contento con todas las cosas que hacía: yo estaba afiliado a un partido político, estaba en
el centro de estudiantes, trabajaba un poquito, estudiaba en la facultad, estaba en la
Acción Católica, salía como cualquier joven de mi tiempo… y estaba muy contento con
todo eso. Y de repente aparece la vocación sacerdotal, y en el primer momento en que
apareció, apareció como un gran sacrificio: tenía que dejar todo eso; tenía que dejarlo
todo. Ahora, ¿Dios me puede pedir que deje el gozo de todo lo que estoy haciendo? Y
cuando yo descubrí que mi vocación sacerdotal iba a ser fuente de un gozo mucho
mayor todavía, entonces pude dar el salto. Pero si yo hubiera tomado el ministerio
sacerdotal nada más que como un sacrificio que yo le ofrecía a Dios, no habría visto
toda su riqueza. En el fondo alguna vez en alguna época pensé que era una cruz el
sacerdocio, pero luego descubrí que era una fuente de gozo muy grande – que iba a
tener cruces, por supuesto, porque las cruces están implícitas en la vida –, que era el
gozo del servidor, de llevar alegría a los demás, y ésa es la gran fuente de gozo en la
vida, y es la que permite cualquier sacrificio. Para mí fue un gran sacrificio dejar todo lo
que tenía para entrar a ser sacerdote, pero lo pude hacer cuando descubrí que ser
sacerdote iba a ser una fuente de gozo muy grande para mí. Y el gozo y la alegría de los
otros es la mayor fuente de gozo y alegría nuestra. Esto nos tiene que aparecer así.
Ustedes tienen que vivir este llamado de Dios a la vocación en la que están como una
gran fuente de gozo, porque es fuente de gozo para los otros y va a ser fuente de gozo
para ustedes.
Entonces, para resumir un poco y dar una conclusión: hemos venido viendo este
panorama de la Creación, del pueblo judío que va descubriendo en todos los
mandamientos de Dios un ordenamiento, llega a Jesucristo, nos deja todo un
ordenamiento, en Jesucristo nos sentimos hijos de Dios, hermanos de las otras personas,
señores de las cosas, y concretamente esta vocación social que tiene que ser una fuente
de gozo muy grande, que necesita de los medios, del poder, de los medios humanos,
para poder realizarse, y termino entonces mostrándoles en este momento concreto qué
sería, cómo se debería ordenar esta vocación de ustedes, cuáles serían las tendencias,
según la Doctrina Social de la Iglesia, en que tienen que expresarse en este momento en
esta vocación de ustedes.

VOCACIÓN DE GRANDEZA
Primero decirles: esta vocación de ustedes es una vocación de grandeza, una
vocación de realización. Así como ustedes están comprometidos en otras cuestiones
como puede ser el estudio, el trabajo, la vida familiar, esta dimensión social es algo que
le da grandeza a la vida. Ustedes habrán visto la película “Rescatando al Soldado
Ryan”, cuando este muchacho ya está viejo y va al cementerio, y entonces le pregunta al
muerto, al sargento que había dado la vida por él: “¿Habré vivido una vida que valga la
pena?”. Porque justamente antes de morir el Sargento le dice: “Hemos hecho mucho
sacrificio para encontrarte; tratá de vivir de modo tal que tu vida justifique todo el
sacrificio que hemos hecho”. Yo pensaba: nosotros a Jesús le tenemos que preguntar,
que dio la vida por nosotros: “¿Estamos viviendo una vida de modo tal que vos podés
estar contento con la vida nuestra? ¿Vale la pena mi vida?”. La grandeza es eso: vivir
una vida que valga la pena. Que no sea desperdiciada, que no sea más que seguir las
circunstancias que van apareciendo. Por eso esta vocación de ustedes requiere constante
discernimiento, y para eso van a necesitar ayuda. Y esa ayuda la pueden encontrar en
los grandes principios de la Doctrina Social de la Iglesia, pero la tienen también en los
maestros que ustedes puedan ir eligiendo. Siempre hay sacerdotes, amigos, personas,
que a uno le significan, y con las cuales uno tiene que dialogar. Los maestros son muy
importantes y nos acompañan en el compromiso.
Y en cuanto a los principios, ustedes siempre tienen que pensar cómo priorizamos
esta opción por los pobres; y hoy en día esa opción por los pobres significa tratar de
gestar acuerdos y consensos, tratar de unir fuerzas para que esta concesión del bien
común nos lleve, a través del diálogo con otros, a encontrar respuestas concretas. No
vamos a poder dar respuesta a toda la cuestión, pero tenemos que ir dando respuestas a
las distintas problemáticas en la medida de nuestras posibilidades. Habrá problemas
concretos en los que ustedes tendrán que priorizar la vida sobre todas las otras cosas,
tendrán que trabajar en contra de lo que es el narcotráfico, tendrán que priorizar la
dimensión educativa… en fin, todas son medidas más concretas que ustedes tienen que
ir discerniendo, no me voy a meter yo ahora. Es el camino para que este camino de la
vocación de ustedes se concrete y no quede en una buena aspiración y nada más que en
buenos deseos. Muy bien, yo les dejo estos pensamientos, después ustedes los van
trabajando.